13/04/2026
El cambio climático y la degradación ambiental son realidades globales que golpean con más fuerza a quienes menos tienen. En los grandes conglomerados urbanos de Latinoamérica, miles de familias migrantes, expulsadas de sus tierras por sequías o falta de oportunidades, se asientan en zonas que nadie más quiere: riberas de ríos contaminados, terrenos inundables o junto a gigantescos vertederos de basura. Desde una perspectiva externa, su situación parece una condena, una exposición constante al peligro. Sin embargo, si nos detenemos a escuchar sus historias, descubrimos una compleja y sorprendente forma de entender y gestionar el riesgo, una donde la supervivencia y la búsqueda de bienestar redefinen por completo el concepto de peligro.

Este artículo se sumerge en la vida de estas comunidades, específicamente en los asentamientos del Área Metropolitana de Buenos Aires, para explorar cómo las experiencias migratorias, las necesidades cotidianas y los lazos comunitarios moldean una percepción del entorno que desafía nuestras ideas preconcebidas. Aquí, la basura puede ser un recurso, un terreno contaminado puede ser la base de un hogar y la comunidad es el principal escudo frente a la adversidad.
Del Campo a la Ciudad: Un Nuevo Lente para Ver el Peligro
La mayoría de los residentes de estos asentamientos periurbanos provienen de zonas rurales, tanto del interior de Argentina como de países vecinos como Paraguay y Bolivia. En sus lugares de origen, el peligro ambiental tenía una cara muy concreta: una sequía que arruinaba la cosecha, una inundación que se llevaba los animales o la contaminación por agrotóxicos de los grandes monocultivos que envenenaba su tierra. El riesgo estaba directamente ligado a la subsistencia, a la producción de alimentos y a la conexión con la tierra.
Al llegar a la ciudad, el escenario cambia drásticamente. El nuevo entorno está marcado por la contaminación industrial, las descargas cloacales y la omnipresencia de la basura. Sin embargo, su percepción del riesgo también se transforma. Carolina, una mujer que migró desde una zona productora de yerba mate, notaba el daño ambiental en su tierra natal al ver las hojas de las plantas manchadas por la polución de una papelera. En la ciudad, con menos vegetación, ese indicador desaparece. Ahora, su termómetro del riesgo ambiental es la salud de los niños del barrio. El humo de la quema de basura en el vertedero cercano, asegura, es la causa de los “problemas de pulmón” que padecen los más pequeños. El foco del peligro se desplaza de la producción agrícola al cuerpo humano.
A pesar de esta nueva amenaza, para Carolina y muchos otros, la vida urbana ofrece ventajas que superan los peligros. En el campo, la falta de servicios básicos como luz o agua y la ausencia de un Estado al que reclamar les dejaba en una situación de total desamparo. En la ciudad, aunque sea de forma precaria, sienten que tienen más herramientas para luchar por una vida mejor. El riesgo de la contaminación urbana se vuelve un mal menor frente al riesgo de la parálisis económica y social del entorno rural que dejaron atrás. El espacio urbano, con todas sus falencias, es visto como un lugar con más posibilidades para construir un futuro.
La Basura: ¿Veneno o Tesoro? Una Relación Ambivalente
Quizás nada ejemplifica mejor la complejidad de la percepción del riesgo en estos asentamientos que la relación que sus habitantes tienen con la basura. Para la mayoría de la sociedad, un vertedero es sinónimo de enfermedad, contaminación y peligro. Para estas comunidades, es una realidad de doble cara: un riesgo innegable, pero también una fuente fundamental de recursos y estrategias de supervivencia.
Esta ambivalencia se manifiesta en el día a día. Por un lado, la basura es la causa de plagas de ratas y mosquitos, del humo tóxico que afecta los pulmones y de la contaminación del suelo y el agua. Mabel, una lideresa barrial, describe cómo quienes trabajan en el “cirujeo” (recolección de materiales reciclables) sufren de problemas en la piel, cortes y enfermedades respiratorias. Por otro lado, esa misma basura es la que permite a muchas familias “llenar la olla”. De los vertederos se recuperan no solo materiales para vender, sino también alimentos descartados por las industrias que, aunque no sean ideales, calman el hambre.
Rita, una vecina, admite que cosecha verduras que crecen al costado de la montaña de basura, consciente de los químicos tóxicos del suelo. Su lógica es pragmática: sus hijos las comen, nunca se han enfermado gravemente por ello y la necesidad de alimentarlos es más urgente que el riesgo potencial. La basura, en su historia, también fue el material con el que rellenó su terreno para evitar que su casa se inundara, convirtiendo un desecho en un material de construcción vital.
Tabla Comparativa: Las Dos Caras de la Basura
| La Basura como RIESGO | La Basura como RECURSO |
|---|---|
| Fuente de enfermedades respiratorias y de la piel por la quema y el contacto directo. | Fuente de ingresos económicos a través del reciclaje y la venta de objetos recuperados (“cirujeo”). |
| Foco de plagas como ratas, mosquitos y otros vectores de enfermedades. | Fuente de alimentos descartados por la industria que complementan la dieta familiar. |
| Contaminación del suelo y las napas de agua, afectando la calidad del entorno. | Material de construcción para rellenar terrenos bajos e inundables y levantar viviendas. |
| Peligro físico por la inestabilidad de los montículos de basura donde juegan los niños. | Espacio ganado al vertedero para construir centros comunitarios, comedores o viviendas. |
Este enfoque nos obliga a entender que el riesgo no es una categoría absoluta, sino un riesgo relacional. Un objeto se convierte en un peligro solo en relación con otro objeto que está en riesgo. Para estas familias, el riesgo de no tener un techo es mayor que el riesgo de construirlo sobre un terreno contaminado. La amenaza del hambre es más inmediata que la amenaza de una enfermedad a largo plazo por consumir alimentos recuperados.

La Fuerza de la Comunidad Frente al Abandono
Ante la escasa o nula presencia del Estado, la organización comunitaria se convierte en la principal herramienta para mejorar las condiciones de vida y mitigar los riesgos. Los habitantes de estos barrios no son víctimas pasivas de su entorno; son agentes activos que lo moldean y transforman con sus propios medios. Cuando el gobierno municipal no proveía de servicios, fueron los propios vecinos quienes trazaron las calles, rellenaron lagunas y gestionaron la infraestructura básica.
Eduardo, un migrante boliviano, relata cómo se organizaban para tener agua:
“Entre vecinos nos preguntábamos ‘¿Che, vos tenés agua?’, ‘No, tenemos que ir a traer desde allá’, ‘¿Por qué no traemos un caño?’. Y listo. Comprábamos el caño entre varios, cada uno ponía lo que podía, y lo extendíamos hasta donde se pudiera”.
Lo mismo ocurre con la electricidad, con postes sobrecargados por miles de cables que son el testimonio de una red construida colectivamente ante la falta de una conexión formal. Estas acciones, aunque precarias e irregulares, son una manifestación de la llamada “economía del afecto”, donde los lazos de solidaridad y ayuda mutua se convierten en un capital social invaluable que permite la supervivencia y el progreso. Las mujeres, en particular, suelen liderar estos esfuerzos, gestionando comedores, merenderos y espacios de cuidado que son el corazón de la vida barrial.
Esta capacidad de organización demuestra una profunda resiliencia. Rellenar una laguna con basura para construir casas es, desde una perspectiva sanitaria, una acción riesgosa. Pero desde la perspectiva de la comunidad, es un “avance”, una forma de transformar un lugar “refeo”, lleno de insectos, en un barrio donde la gente “cuida más” y se apropia del espacio.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Por qué las personas migran a zonas tan contaminadas?
La migración rara vez tiene una única causa. Es una combinación de factores económicos, sociales y ambientales. Las personas no eligen vivir en zonas contaminadas, sino que se asientan en los únicos terrenos a los que pueden acceder debido a su bajo valor comercial. A menudo, perciben que las oportunidades de trabajo, educación y acceso a servicios en la ciudad, aunque precarios, son mejores que las que tenían en sus lugares de origen rural.
¿Significa que no perciben la contaminación como un peligro?
No. Sí la perciben, pero la jerarquizan de manera diferente. Identifican claramente los problemas de salud derivados de la basura y la contaminación. Sin embargo, en su escala de prioridades, riesgos más inmediatos como la falta de vivienda, la inseguridad alimentaria o las inundaciones tienen mayor peso. Gestionan los riesgos ambientales en la medida de sus posibilidades, pero siempre priorizando la supervivencia diaria.
¿Qué papel juega el Estado en estas comunidades?
Generalmente, el Estado tiene una presencia débil e intermitente. A menudo interviene a través de políticas de asistencia social o de seguridad (como los desalojos), pero falla en la provisión estructural de servicios básicos como agua potable, saneamiento, recolección de residuos y redes eléctricas seguras. Gran parte de la infraestructura existente es el resultado de la auto-organización de los vecinos.
¿Son estas soluciones comunitarias sostenibles a largo plazo?
Si bien demuestran una increíble resiliencia y capacidad de organización, estas soluciones suelen ser precarias y no resuelven los problemas de fondo. Las conexiones eléctricas informales son peligrosas y el uso de basura como material de relleno tiene consecuencias ambientales y sanitarias a largo plazo. Son estrategias de supervivencia eficaces en el corto plazo, pero se necesita una intervención estatal planificada para garantizar un desarrollo sostenible y seguro para estas comunidades.
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