13/02/2000
En el corazón del pensamiento y la historia de América Latina yace una poderosa y persistente dicotomía: la de “civilización vs. barbarie”. Lejos de ser un simple contraste, esta fórmula ha funcionado como un motor de conflictos, una justificación para la dominación y una herramienta para forjar identidades. Representa una síntesis de la tensa relación de poder entre culturas, donde una busca sistemáticamente la asimilación, el control y, en muchos casos, la aniquilación de las otras. Este enfrentamiento conceptual no es una reliquia del pasado; sus ecos resuenan hasta nuestros días, moldeando políticas, percepciones sociales y nuestra relación con el territorio.

El Origen de una Frontera Invisible
Aunque las cartas de Cristóbal Colón ya describían al habitante originario como un “salvaje”, el término “barbarie” no se acuñó de inmediato. Fue durante la Colonia que la palabra comenzó a cargarse de su peso ideológico. Se atribuye a Juan Ginés de Sepúlveda, en su defensa de la guerra contra los pueblos indígenas, uno de sus primeros usos sistemáticos. En su obra Demócrates Segundo, se preguntaba retóricamente: “¿qué mayor beneficio y ventaja pudo acaecer a estos bárbaros que su sumisión al imperio…?”. Con esta frase, quedaba sellado el destino de millones: la sumisión era presentada no como un acto de conquista, sino como un favor civilizatorio.
Tras las guerras de Independencia, esta dicotomía no desapareció, sino que se reconfiguró y se intensificó. Dos factores clave impulsaron su resurgimiento. Por un lado, el crecimiento de las ciudades y su anhelo de cosmopolitismo europeo crearon una brecha cultural y física cada vez mayor con el campo y las regiones periféricas. Por otro, el surgimiento del caudillismo, con sus ejércitos de gauchos y llaneros desafiando el poder central de las urbes, provocó una reacción virulenta por parte de las élites letradas. Estas élites utilizaron la pluma como un arma, calificando peyorativamente a sus adversarios. Obras canónicas como Facundo: Civilización y Barbarie en las pampas argentinas de Domingo Faustino Sarmiento y el cuento “El matadero” de Esteban Echeverría son los ejemplos más emblemáticos de esta batalla discursiva.
La Barbarie en la Pluma: Reflejos Literarios del Conflicto
La literatura se convirtió en el principal campo de batalla donde se dirimía esta lucha. En el siglo XX, la novelización del conflicto alcanzó su cúspide con obras que exploraban la complejidad de esta relación.
- Doña Bárbara (Rómulo Gallegos): Esta novela es la alegoría perfecta del proyecto modernizador. Santos Luzardo, el abogado educado en la ciudad, regresa al llano con la misión de cercar la tierra, imponer la ley y el orden, y “civilizar” un mundo regido por la violencia y la superstición, encarnado en la figura de Doña Bárbara. El objetivo es claro: la aculturación del llano para integrarlo a un proyecto nacional de progreso.
- El hablador (Mario Vargas Llosa): Décadas más tarde, Vargas Llosa retoma el tema desde una perspectiva diferente pero con un fondo similar. La novela plantea la disyuntiva de los machiguengas, una comunidad indígena de la Amazonía peruana. Se sugiere que la asimilación a la modernidad es el único camino viable para su desarrollo, presentando una visión de dos universos irreconciliables donde uno, el “civilizado”, se asume superior y con el derecho inherente de transformar al otro.
En estas narrativas no se busca una armonía o un diálogo entre mundos, sino la imposición de uno sobre otro, revelando que la “civilización” a menudo requiere la desaparición de lo que define como “bárbaro”.
La Civilización como Excusa: Creando al "Otro"
¿Qué se esconde realmente detrás de esta oposición? El historiador Baretta ofrece una idea revolucionaria: la “civilización” es la creadora de la “barbarie”. No existe una barbarie inherente, sino que es una construcción discursiva elaborada por el grupo que se autodenomina “civilizado”. Es una imagen especular, un negativo necesario para poder afirmarse a sí mismo.
Esta construcción opera en varios niveles:
- Territorio: La civilización consolida el “centro” (la ciudad, la capital) como el único foco de poder, valores y cultura. La “barbarie” es relegada a la “periferia” (la pampa, la selva, el llano), un espacio visto como caótico, salvaje y negativo que debe ser domesticado. La cerca de Santos Luzardo en Doña Bárbara es el símbolo perfecto de esta voluntad de someter y transformar el territorio “bárbaro”.
- Tiempo: La civilización se adueña del presente y del futuro. Se presenta como el estado actual y “correcto” de las cosas, y proyecta un futuro de progreso y modernización. La barbarie, en cambio, es anclada en el pasado, en lo arcaico, en una etapa superada que sobrevive como un obstáculo para el avance.
- Identidad: Siguiendo al pensador Hayden White, la identidad del “civilizado” se forja a través de una técnica de definición por negación. El sujeto de la élite sabe lo que es porque, ante todo, sabe lo que no es: no es el gaucho, no es el llanero, no es el indígena. Este proceso de crear modelos negativos sirve para delimitar la conducta aceptable dentro del grupo dominante y para justificar la jerarquía social, a menudo basada en factores étnicos. Como señaló Roberto Fernández Retamar, no pertenecer a la “raza” de los civilizados era justificación suficiente para la esclavitud o el exterminio.
Tabla Comparativa: Dos Caras de la Misma Moneda
| Característica | Civilización (Construcción) | Barbarie (Construcción) |
|---|---|---|
| Territorio | El centro, la urbe, el espacio ordenado y controlado. | La periferia, el campo, la selva, el llano. Espacio caótico y salvaje. |
| Tiempo | El presente y el futuro. El progreso, la modernización. | El pasado, lo arcaico, lo primitivo. Un obstáculo para el futuro. |
| Valores | La ley, la razón, la educación, la cultura europea, la propiedad privada. | La violencia, la superstición, la ignorancia, la ley del más fuerte. |
| Sujeto | El letrado, el político, el abogado, el hombre de ciudad, el europeo. | El caudillo, el gaucho, el llanero, el indígena, el campesino. |
La Paradoja del Dominador: Admiración por el Bárbaro
Curiosamente, dentro de este discurso de superioridad, surge una fisura: una paradójica admiración por ciertos aspectos del mundo que se pretende erradicar. El “civilizado” a menudo reconoce un saber, una fuerza o una autenticidad en el “bárbaro” que él mismo ha perdido.
Pese a su severa crítica, Sarmiento no puede evitar elogiar los conocimientos prácticos de los gauchos: el baqueano que conoce el territorio como nadie, el rastreador con su increíble pericia deductiva, o el cantor que preserva la memoria de su pueblo. Del mismo modo, Santos Luzardo solo puede triunfar en su empresa civilizadora apoyándose en la lealtad y la fuerza de los llaneros, y al “domesticar” a Marisela, que representa la belleza salvaje del llano. Incluso en El hablador, a pesar de la crítica a las culturas indígenas, se expresa una profunda fascinación por la figura del contador de historias, el pilar que sostiene la cohesión cultural de los machiguengas.
Esta admiración revela una verdad profunda: la realidad de la “barbarie” es mucho más compleja, rica y vital de lo que el aparato conceptual del “civilizado” está dispuesto a admitir. Necesita de ella, se nutre de ella y, en última instancia, la envidia.
La Barbarie Civilizada: Una Reflexión Final
La dicotomía “civilización vs. barbarie” es, en esencia, una herramienta de dominación. Es el relato que una cultura se cuenta a sí misma para justificar la imposición de su modelo económico, político y social sobre otras. Al definir al otro como “bárbaro”, se le despoja de su humanidad y se legitima cualquier acción en su contra en nombre del “progreso”.
Sin embargo, la historia nos muestra que los métodos empleados por la autoproclamada civilización para someter a la barbarie son, a menudo, profundamente bárbaros: la violencia, el despojo, la destrucción de ecosistemas y la aniquilación cultural. Quizás la verdadera barbarie no reside en la selva o en la pampa, sino en la arrogancia de creer que un solo modo de vida es el único válido y en la crueldad empleada para imponerlo.
Preguntas Frecuentes
¿Qué es la antinomia 'civilización vs. barbarie'?
Es una dicotomía o falsa oposición utilizada históricamente en América Latina para estructurar una relación de poder. En ella, un grupo que se autodefine como “civilizado” (generalmente élites urbanas, europeizadas) califica a otros grupos (indígenas, gauchos, campesinos) como “bárbaros” para justificar su control, asimilación o exterminio bajo el pretexto del progreso y la modernización.
¿Cuál es la diferencia entre civilizados y bárbaros según esta óptica?
La diferencia no es objetiva, sino una construcción ideológica. El “civilizado” se asocia con una “condición humana superior”: la razón, la ley, la ciudad, el futuro y la cultura escrita. El “bárbaro” se asocia con una “condición humana inferior”: la naturaleza salvaje, la violencia, el pasado, la superstición y la cultura oral. Es una jerarquía creada para mantener el poder.
¿Quién dividió la historia en salvajismo, barbarie y civilización?
Esta división fue popularizada por el antropólogo norteamericano del siglo XIX Lewis Morgan. Propuso un esquema evolutivo donde la humanidad pasaba por tres etapas: salvajismo (caza y recolección), barbarie (inicio de la agricultura y alfarería) y civilización (industria, arte y Estado). Esta teoría, hoy superada, sirvió para que las sociedades industrializadas se vieran a sí mismas en la cúspide de la evolución humana.
¿Qué es la barbarie en la literatura?
En la literatura latinoamericana, la barbarie no es solo crueldad o ignorancia. Es una categoría compleja que representa todo aquello que se opone al proyecto modernizador de las élites: el espacio rural e indómito (pampa, llano, selva), las culturas no europeas, las formas de organización social alternativas y los personajes que desafían la ley de la ciudad. Es, en definitiva, el gran “otro” que la nación moderna busca controlar.
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