28/09/2018
Existe en el corazón humano una tendencia casi natural a mezclar dos principios fundamentalmente opuestos: la ley y la gracia. Esta confusión despoja a la ley de su inflexible majestad y a la gracia de su sublime atractivo, creando un sistema que no satisface las profundas necesidades del alma humana. La ley es la perfecta expresión de lo que el ser humano debería ser, mientras que la gracia es la manifestación de lo que Dios es. Intentar unir ambas para obtener la salvación es como mezclar agua y aceite; es un esfuerzo inútil que deshonra tanto la santidad de la ley como la gratuidad de la gracia. El pecador debe ser salvado por una o por la otra, pero nunca por una combinación de ambas.

¿Qué es la Ley y qué es la Gracia?
Para entender la posición del creyente, es crucial diferenciar estos dos conceptos. La ley, entregada a través de Moisés en el Monte Sinaí, se manifestó en un contexto de temor y distancia. Dios se reveló en medio de truenos, relámpagos y fuego, advirtiendo al pueblo que no se acercara. La ley no ofrecía misericordia; su lenguaje era claro: "Maldito el que no confirmase las palabras de esta ley para cumplirlas". La ley es como un acreedor implacable que exige el pago de una deuda hasta el último céntimo, una deuda que solo crece mientras nuestra capacidad de pago disminuye. No conoce la compasión ni el perdón.
La gracia, por otro lado, llegó por medio de Jesucristo. Es el favor inmerecido de Dios hacia quienes no lo merecen. Si la ley es el acreedor, la gracia es el mediador que, viendo la insolvencia del deudor y la inflexibilidad del acreedor, paga la deuda por completo. ¿Por qué? Por pura misericordia. La salvación por gracia humilla al hombre y exalta a Dios, pues se basa enteramente en lo que Cristo hizo, no en lo que nosotros podamos hacer. Afirmar que somos salvos por la fe en Cristo más el cumplimiento de la ley es despojar a Cristo de su gloria y a la ley de su poder condenatorio. Es sugerir que Cristo pagó solo una parte de la deuda y que nosotros debemos cubrir el resto, una idea completamente ajena a las Escrituras.
Un Pacto Exclusivo para el Pueblo de Israel
Un punto fundamental que a menudo se pasa por alto es a quién fue dada la ley. Las Escrituras son inequívocas: la ley mosaica fue un pacto establecido exclusivamente entre Dios y la nación de Israel. Levítico 26:46 declara: "Estos son los decretos, derechos y leyes que estableció Jehová entre sí y los hijos de Israel en el monte de Sinaí". El apóstol Pablo confirma esto en Romanos 9:4, al enumerar los privilegios de Israel, incluyendo "la data de la ley".
Cuando el evangelio comenzó a extenderse a los gentiles, surgió una controversia crucial. ¿Debían los nuevos creyentes no judíos someterse a la ley de Moisés, incluyendo la circuncisión, para ser salvos? La respuesta se zanjó en el Concilio de Jerusalén, registrado en Hechos capítulo 15. Tras un intenso debate, el apóstol Pedro declaró que intentar imponer la ley a los gentiles era "tentar a Dios", describiendo la ley como un "yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar". La conclusión unánime de los apóstoles y la iglesia fue clara: los creyentes gentiles no debían ser inquietados con la carga de la ley mosaica. Su salvación, al igual que la de los judíos creyentes, era únicamente por la gracia del Señor Jesús. Los que insistían en lo contrario fueron calificados como "trastornadores de almas".
La Indivisible Unidad de la Ley
Para sortear estas verdades, algunos proponen una división artificial de la ley en dos categorías: la "ley moral" (los Diez Mandamientos) y la "ley ceremonial". Argumentan que solo la ley ceremonial fue abolida, mientras que la moral permanece vigente. Sin embargo, esta distinción no se encuentra en la Biblia. Cuando las Escrituras hablan de "la ley", se refieren al pacto mosaico como un todo indivisible. Pablo advirtió a los Gálatas: "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas" (Gálatas 3:10). Además, afirmó que quien se somete a una parte de la ley, como la circuncisión, "está obligado a hacer toda la ley" (Gálatas 5:3).
No se puede elegir qué mandamientos guardar. La ley es un paquete completo. Intentar vivir bajo una parte de ella es colocarse bajo la maldición de toda ella, pues nadie, excepto Cristo, la ha cumplido perfectamente. La ley fue dada como una unidad, y es como una unidad que fue cumplida y llevada a su fin en Cristo.
El Fin de la Ley: Abolida para el Creyente
Este es el corazón del evangelio de la gracia. La ley no fue dada para ser un medio de salvación permanente, sino que tuvo un propósito temporal y específico. Gálatas 3:19 nos dice que la ley fue "añadida por causa de las rebeliones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa", y esa simiente es Cristo. La función de la ley fue la de un "ayo" (un tutor o guardián de menores) para llevarnos a Cristo (Gálatas 3:24). Su propósito era encerrarnos, mostrarnos nuestra condición de pecadores y nuestra incapacidad para salvarnos a nosotros mismos, creando así la necesidad de un Salvador. Pero el texto es concluyente: "venida ya la fe, ya no estamos bajo ayo" (Gálatas 3:25).
Romanos 10:4 lo resume de manera magistral: "Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree". La palabra "fin" (del griego telos) aquí significa término, conclusión. Con la venida, muerte y resurrección de Cristo, el propósito de la ley como pacto de obras llegó a su fin. El creyente ha muerto a la ley. ¿Cómo? Pablo lo explica en Romanos 7:4: "Así también vosotros, hermanos míos, estáis muertos a la ley por el cuerpo de Cristo". Al unirnos a Cristo por la fe, somos partícipes de su muerte. Y si hemos muerto, la ley ya no tiene jurisdicción sobre nosotros, así como la ley matrimonial ya no ata a una mujer cuyo esposo ha muerto. ¡Estamos libres de la ley para pertenecer a otro, al que resucitó de los muertos!
Quizás el pasaje más contundente se encuentra en 2 Corintios 3:7-13. Allí, Pablo se refiere explícitamente al "ministerio de muerte en letras grabado en piedras" —una referencia innegable a los Diez Mandamientos— y declara que fue un ministerio glorioso, pero temporal. Lo llama "ministerio de condenación" y afirma que "perece" y que había de ser abolido. Este ministerio es contrastado con el "ministerio del espíritu" y el "ministerio de justicia" del Nuevo Pacto, el cual es permanente y mucho más glorioso.
Tabla Comparativa: Los Dos Pactos
| Característica | Antiguo Pacto (La Ley) | Nuevo Pacto (La Gracia) |
|---|---|---|
| Origen | Monte Sinaí | Monte Calvario |
| Mediador | Moisés (un siervo) | Jesucristo (el Hijo) |
| Base | Obras humanas ("Harás...") | La obra de Cristo ("Consumado es") |
| Resultado | Condenación, muerte, ira | Justificación, vida, salvación |
| Escrito en | Tablas de piedra | Tablas de carne del corazón |
| Alcance | Nación de Israel | Toda criatura |
| Duración | Temporal (hasta Cristo) | Eterno |
Preguntas Frecuentes sobre la Ley y la Gracia
1. ¿Significa esto que la ley de Dios era mala?
De ninguna manera. Pablo afirma que "la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno" (Romanos 7:12). El problema no está en la ley, sino en nosotros. Debido a nuestra naturaleza pecaminosa, somos incapaces de cumplirla. Por lo tanto, una ley buena, al aplicarse a un hombre pecador, solo puede producir un resultado: condenación y muerte. Su función es revelar el pecado, no salvar del pecado.
2. Si no estamos bajo la ley, ¿podemos pecar libremente?
Pablo anticipó esta objeción y respondió con un rotundo "¡En ninguna manera!" (Romanos 6:1-2). La gracia no es una licencia para pecar; es el poder que nos libera del dominio del pecado. La misma gracia que nos salva también nos enseña a "renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir en este siglo sobria, justa y piadosamente" (Tito 2:11-12). No somos salvos por buenas obras, pero somos salvos para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10).
3. ¿No dijo Jesús en Mateo 5:17 que no vino a abolir la ley, sino a cumplirla?
Exactamente. Y Él la cumplió de manera perfecta en cada detalle, tanto en su vida sin pecado como en su muerte sustitutiva, satisfaciendo así todas las justas demandas de la ley en nuestro lugar. Su cumplimiento llevó la ley a su meta y conclusión designada. Una vez que una deuda es pagada por completo, el documento de deuda es cancelado. Cristo cumplió la ley para que nosotros, al creer en Él, pudiéramos ser declarados justos no por nuestro cumplimiento, sino por el Suyo.
4. Entonces, ¿los Diez Mandamientos ya no son relevantes para el cristiano?
Los Diez Mandamientos son parte del pacto del Sinaí, un pacto que ha sido reemplazado. Sin embargo, los principios morales que reflejan el carácter de Dios (no matar, no robar, no mentir, etc.) son eternos y se reafirman y elevan en el Nuevo Testamento bajo la "ley de Cristo" (Gálatas 6:2), que se resume en el amor a Dios y al prójimo. El cristiano no obedece estos principios porque estén en las tablas de piedra, sino porque el Espíritu Santo ha escrito la ley del amor en su corazón, y ahora anhela agradar a Aquel que lo salvó, no por temor al castigo, sino por un corazón agradecido y transformado.
En conclusión, la vida cristiana no es un intento de equilibrar la ley y la gracia. Es un descanso completo en la gracia. Es reconocer que la deuda era impagable y que Cristo la pagó toda. Es salir de la sombra del Sinaí, con sus truenos de condenación, para vivir en la luz del Calvario, en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. No estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.
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